No me queda otra solución. Al intentar clasificar este artículo me he visto obligado a llevarlo a la categoría de Sostenibilidad y ecología, lo que, de buenas a primeras, puede causar cierta sorpresa.
Sin embargo, examinando las razones y propuestas de los indignados no veo más que otra manifestación del "homo economicus" que todos llevamos dentro, o sea, una cosmovisión que no difiere en nada a la de los malévolos banqueros, tan denostados por los acampados, y tan distante a la del "homo reciprocans" al que deberían parecerse. Como decía Borges citando al cronista medieval Adam de Bremen, siempre uno acaba pareciéndose a su enemigo.
Vaya por delante que iniciativas "indignadas" como la de limitar a 6000€ el sueldo o ingreso máximo, acabar con los privilegios fiscales, con los privilegios políticos, con el fraude que supone Bolonia o, simplemente, acabar con una democracia "partitocrática", cuentan con mis simpatías, por muy difícil que, a priori, me parezca su implementación.
Ahora bien, me gustaría saber cuál era la opinión generalizada de los indignados y sus familias cuando en la década de los 90 la administración mostró muchas veces su deseo de "filtrar" el acceso a la universidad, para adecuarlo a la demanda del mercado. Creo recordar quemuchos de ellos se opusieron a ese "recorte de derechos". Me gustaría saber,también, cuál fue la postura de los indignados y sus familias cuando lo de la reforma educativa LOGSE (sí, la del aprobado general para todo el mundo, sin repeticiones de curso), que nos llevó a una avalancha de estudiantes accediendo a la universidad sin una formación adecuada, en perjuicio de una formación profesional que, según todos los expertos, estaba y está infravalorada en nuestro país.
Me permito recordar en este punto que muchos profesores de ingenierías sugirieron la creación de un "curso 0" cuando empezaron a detectar las carencias matemáticas de sus nuevos estudiantes. Igualmente, y como si fuera cosa de ayer, todavía me vienen a la cabeza las protestas de los correctores de exámenes de selectividad cuando fueron conminados a rebajar baremos y a dejar libre acceso a la univesidad a miles de estudiantes de penosa ortografía y caótica sintaxis. Ahora parece ser que son "la generación mejor preparada de nuestra historia" y yo me apostaría lo que sea a que el 50% de ellos no se saben las tablas de multiplicar (por quedarme en lo básico)... También hay quien la ha calificado como la "generación entre algodones", aunque si lo son la culpa no es suya.
Tras todo esto, sigo insistiendo, una cosmovisión anacrónica y anacronizante: la que propugna que la formación debe traducirse en éxito económico (éxito, porque estamos en la cultura del éxito, un detritus ideológico,como diría Galeano) y Papá Estado es el culpable de nuestra precariedad laboral... De ahí que todo pueda solucionarse con la típica rabieta infantil, una plantada en una plaza, lo mismo que cuando siendo niños nos poníamos a berrear tirándonos por el suelo. Por fortuna, en mi caso, mis padres no me hacían caso y, a veces, caía alguna "clatellada" para que llorase con razón, decían. Eso me enseño que la realidad era persistente y cabezona, que para nada se plegaba a mis deseos. En cambio, la generación que forma el grueso de los acampados no tuvo mayoritariamente esa educación. Lo negativo no estaba de moda. Todo era optimismo y risa fácil (o tonta, decían mis abuelos). Sus padres, sus maestros, sus tutores en cualquier actividad, aprendieron que era una generación sobreprotegida, colmada de derechos e hipersensible, que llevaba las de ganar en cualquier litigio. Decidieron, pues, darles la bici, la play, el aprobado o más, la moto, el coche, lo que fuese para evitar "traumatizarlos". Cuando no estudiaban era por culpa de sus profesores, esos carpetovetónicos que no sabían motivarlos, decían sus padres. Cuando su comportamiento en el aula era el de un hooligan borracho era por culpa de sus padres-coleguis, decían sus profesores. Berrinche tras berrinche, los logsitos fueron dándose cuenta de que no valía la pena madurar, que tenían la sartén por el mango y les amparaban todas la declaraciones de derechos fundamentales habidas y por haber...
Quede claro, a esta altura de mi discursillo, que no les estoy culpabilizando sólo a ellos; tampoco quiero que se identifique a toda una generación, o a una sola generación, con estas actitudes. Simplemente relato hechos que mantengo muy vivos en mi recuerdo.
Ahora, cuando la lumbre del estado del bienestar parece, más mortecina que nunca, a punto de apagarse, es cuando afloran todos los sinsentidos, todas las demandas, todos los agravios, todas las incongruencias. Indignación, como ha pedido el nonagenario Stephan Héssel. Pero una indignación vaga, incompleta y desorientada. Con una formación académica a base de inconexos retales multimedia, la generación de la indignación parece no encontrar propuestas de calado y, las pocas que formulan, siguen en la línea de esa cuadriculada visión del mundo economicista que tanto critican. En palabras recientes del propio Héssel:
"Ya está bien que salgan a la calle y que se quejen de cosas, pero aún es más importante saber por qué cambios de la sociedad están trabajando; y deben tener claro que no solo deben estar en contra de algo, sino que también deben estar a favor de algo y que defiendan algo nuevo, algo esencial: más justicia y más respeto por la naturaleza y por nuestro planeta…"
¡Cuánta razón lleva monsieur Héssel! A cuatro días de la catástrofe de Fukushima, hoy la manifestación antinuclear que ha finalizado ante la sede de Endesa sólo ha contado con una representación de un puñado de acampados. Además, ¿cómo se puede estar tan enfrentando a los políticos y a los banqueros sin rebatir su modelo de crecimiento? ¿Cómo se puede pretender justicia social sin llamar a la concienciación global ni formular propuesta alguna para combatir los crímenes ecológicos y el déficit nutricional que sufren miles de millones de personas en este planeta? Todavía es hora de que escuche la palabra sostenibilidad de boca de alguno de los indignados.
"La culpa de la crisis es tuya", se lee en la camiseta de un conocido mío que se puso a razonar con los acampados de la Plaza Catalunya. No le falta razón. Yo instaría a los seguidores de la SpanishRevolution a seguir siendo tan combativos y mordaces con políticos y grandes financieros, a luchar contra los paraísos fiscales, a perseguir todo tipo de injusticia institucionalizada..., vaya por delante un ¡bravo! por ellos, pero también me gustaría que no cayeran en la incongruencia de negar la parte de responsabilidad en la crisis y en la insostenibilidad global que nos corresponde a todos.
Todos debemos trabajar duro y cambiar de raíz conductas individuales, lo que evitaría que en este planeta haya quien se asfixie o nazca con malformaciones a consecuencia de nuestro consumismo tóxico y nuestra fe ciega en el crecimiento como respuesta a todo problema material.
Y, para convencer de ello a los neomarxistas, les propongo la lectura de un autor que hace esfuerzos denodados por ligar marxismo y ecologismo, aunque en mi opinión algunos de los conceptos que utiliza son demasiados generales y manipulables. Merece, sin embargo, la pena revisarlo:
http://www.decreixement.net/blog/marti-avinoa/sobre-la-ecologia-de-marx-de-john-bellamy-foster






Comentarios
Creo que sentarse en la plaza es un primer paso, pero los medios quieren novedades a cada instante. Noticias=news
Mis conclusiones son parecidas a las de Gilbebo, aún así añadiría la conveniencia de salir de momento de las plazas y innovar en la manera de protestar.